El rostro del 99%

Hace unos días la revista Time lanzaba una lista de 34 candidatos a la “persona del año”, cuyo rostro ocupará la portada del número de diciembre. Pero este movido año ha obligado a los editores de la conocida revista a incluir a un protagonista inesperado en esa personalista tradición: el 99%. Al 99%, por supuesto, le importa bastante poco la decisión final de los editores. Pero ilustra una de las muchas rupturas que el movimiento Occupy, siguiendo otros anteriores, ha operado en los dispositivos narrativos de la poderosa maquinaria mediática estadounidense.

Uno de esos dispositivos es el héroe individual. Con su correlato político: el líder. Pensemos en un ejemplo reciente: entre las infinitas reproducciones del famoso retrato del candidato Obama por Shepard Fairey abundaban esas versiones en las que mediante tratamiento digital, decenas o cientos de pequeños retratos individuales acababan formando el rostro del actual presidente de EEUU. Ese tipo de imágenes nos invitaba a pensar que ‘Obama’ no era Obama, sino muchas otras personas. Ahí residía su poder.

Ahora parece que esa multitud de rostros, con muchos otros, ha decidido mudarse a otro lugar. Del presidente ya sabemos que compone ahora una cara desdibujada e inerme. Es más difícil saber del nuevo rostro que forma aquella multitud, mucho más grande ahora: desconcierta y espanta a muchos, alegra y sorprende a otros.

Ese rostro de nadie, de cualquiera, reclama la horizontalidad. Si algo define movimientos como el 15M y Occupy Wall Street es el deseo inédito de participación de mucha gente que no había tomado parte en la política antes. De ahí que un peligro, en la presente situación, resida precisamente en la tentación, por parte de los sectores previamente activos del movimiento, de interpretar Occupy WallStreet como ‘un éxito’. El éxito, término implícita- mente cuantitativo, consiste en celebrar que un ‘núcleo’ –la vanguardia– haya sabido llegar al ‘resto de la población’, ‘a la gente’. Y que ‘la gente’, como consecuencia, ‘siga’ al movimiento.

Occupy Wall Street no es un éxito, ya que el 99% no sigue a nadie. Sólo se puede seguir aquello que está fuera de nosotros. Al 1% quizá. Pero precisamente de eso se trata: el 99% se ha cansado de seguir al 1%. Por eso es crucial no defraudar tantas energías y capacidades tratando de reconducirlas a la lógica representativa que algunas prácticas encierran. En el caso de Occupy Wall Street, la participación masiva convive a veces con inercias. Como si la oposición entre espontaneidad y organización quisiera mostrar los peores aspectos de cada uno de sus términos, a una asamblea general entusiasta pero poco funcional le ha sucedido un consejo de grupos de trabajo cuya estructuración y finalidad todavía están por determinar.

Hardt y Negri han descrito el carácter monstruoso de la multitud, un organismo formado a partir de pedazos de lo existente. Quien se acerca a él con un modelo o unas expectativas previas suele asustarse, salir corriendo o sentir el rechazo a lo informe. Pero es esa cualidad informe la que da al 99% gran parte de su fuerza. Se plasma en su elasticidad, su capacidad de llegar, potencialmente, a todas partes. Para ese monstruo en formación no hay modelos establecidos de lucha. En su seno conviven prácticas activistas tradicionales –la manifestación, la huelga, acciones de uno u otro tipo– con proyectos aparentemente menos contundentes, y seguramente menos visibles.

Resulta interesante pensar hasta qué punto las prácticas activistas han interiorizado la necesidad de visibilidad mediática hasta convertirla en una dependencia. Esa visibilidad dependía en buena medida de la plaza, convertida en un fetiche del movimiento. Una visibilidad, claro está, orientada hacia afuera, a la espera del juicio dictaminador del poder político y mediático. El desalojo de la plaza, el 15 de noviembre, ha supuesto sin duda un momento traumático para el movimiento. Ante un trauma son posibles dos actitudes: el ensimismamiento, el intento a toda costa de recuperación del fetiche, o la superación del dolor mediante la búsqueda de nuevos objetivos. Se abre una excelente ocasión para que el movimiento piense en aquello que en realidad ya ha empezado a hacer, a veces de forma todavía no visible. Resulta imposible dar cuenta de los múltiples proyectos que están surgiendo, por lo que mencionaré apenas unos pocos casos concretos.

La expansión del movimiento, la creación de tantos grupos de trabajo, han conducido inevitablemente a cierta especialización. De hecho, una discusión posible consistiría en plantear modelos organizativos capaces de evitar, o mitigar al menos, tal especialización. Pero a veces ésta, afortunadamente, se rompe. Hace pocos días, la asamblea del grupo de Empowerment and Education lanzaba una iniciativa que podría facilitar la comunicación entre grupos y proyectos: la creación de un foro sobre los comunes en el que los grupos de trabajo aporten sus perspectivas sobre el problema y discutan estrategias de acción. Una productiva relación entre teoría y práctica. Un rato antes y sin previa comunicación, un miembro del equipo de cocina comunicaba a esa misma asamblea la próxima apertura de un comedor social que contaría con el abastecimiento por parte de todo un circuito de cooperativas alimentarias. Teoría y práctica. Hacer y pensar.

Otra asamblea se celebraba el mismo día en Sunset Park, en Brooklyn. Allí se discutieron estrategias para los problemas más urgentes del barrio. Éstas consisten, por ejemplo, en impedir desahucios y realizar acciones contra los bancos responsables, pero incluyen también la investigación en torno al impacto de la gentrificación, y la búsqueda o fundación de instituciones bancarias alternativas. Horas después, un grupo de académicos e investigadores se reunía en el corazón de Manhattan para discutir sobre el proyecto de la Nomadic University, un intento por crear una institución educativa capaz de construir programas educativos que desafíen las prácticas, definiciones y usos habituales del sistema educativo, desarrollando programas en colaboración con comunidades como Sunset Park.

Haciendo y pensando, lo que el 99% está planteando es la posibilidad de una red institucional. ¿Es posible una crítica mejor al mito de la eficiencia del capitalismo que la puesta en marcha de todas las fuerzas, recursos, habilidades y personas que el Estado y el poder económico han abandonado? Toda una tarea invisible. Aunque por el camino quizá podamos hacernos visibles.

Vicente Rubio – Activista en Brooklyn

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